
Hablar de salud mental y enfermedades hepáticas es hablar de la persona en su totalidad. Vivir con una enfermedad crónica del hígado puede generar preocupación, incertidumbre, cansancio y cambios en la vida cotidiana. Al mismo tiempo, algunas enfermedades hepáticas pueden producir alteraciones en la atención, la memoria, la concentración, el comportamiento y la coordinación. La encefalopatía hepática mínima es una de ellas y detectarla a tiempo puede contribuir a prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida.
Las enfermedades hepáticas crónicas constituyen un importante problema de salud. Entre ellas se encuentran las hepatitis virales, las enfermedades hepáticas relacionadas con el consumo de alcohol, la enfermedad hepática grasa asociada a alteraciones metabólicas y otras enfermedades que pueden evolucionar hacia fibrosis, cirrosis y diferentes complicaciones.
Durante mucho tiempo, la atención de estas enfermedades se concentró principalmente en el funcionamiento del hígado y en los resultados de los estudios médicos. Sin embargo, hoy sabemos que cuidar a una persona con una enfermedad hepática también implica prestar atención a su bienestar emocional, su funcionamiento cognitivo, sus relaciones y su capacidad para desarrollar las actividades de todos los días.
Una enfermedad crónica también puede afectar cómo nos sentimos
Recibir un diagnóstico de una enfermedad hepática puede generar diferentes emociones. Algunas personas sienten miedo o ansiedad ante la posibilidad de que la enfermedad avance; otras pueden experimentar tristeza, frustración o preocupación por los tratamientos, los controles médicos o las dificultades para acceder a la atención.
Cuando la enfermedad es crónica, además, estas preocupaciones pueden mantenerse durante mucho tiempo. La necesidad de realizar controles periódicos, modificar hábitos, seguir tratamientos o convivir con síntomas como el cansancio puede afectar la vida familiar, laboral y social.
Por eso, la salud mental debería formar parte del cuidado integral de las personas con enfermedades hepáticas. Pedir ayuda psicológica o hablar con un profesional de salud mental no significa que una persona esté “afrontando mal” su enfermedad. Es una herramienta más para acompañar un proceso que puede ser complejo.
También es importante que los equipos de salud puedan preguntar cómo se siente la persona, no solamente cómo están sus análisis.
Cuando el hígado también puede afectar al cerebro
Además de las consecuencias emocionales que puede generar una enfermedad crónica, determinadas enfermedades hepáticas pueden producir alteraciones que afectan directamente el funcionamiento cerebral.
El hígado cumple numerosas funciones esenciales. Entre ellas, participa en el procesamiento y eliminación de sustancias que el organismo produce naturalmente. Cuando existe una enfermedad hepática avanzada, como la cirrosis, el hígado puede perder parte de esta capacidad.
Algunas sustancias, como el amonio, pueden acumularse en la sangre y llegar al cerebro. Esto puede alterar su funcionamiento y contribuir a la aparición de la encefalopatía hepática.
En sus formas más evidentes, puede producir confusión, desorientación, somnolencia, cambios importantes en el comportamiento, dificultades para coordinar movimientos e incluso pérdida de conciencia.
Pero antes de que aparezcan estos síntomas puede existir una forma más sutil: la encefalopatía hepática mínima.
Encefalopatía hepática mínima: cambios que pueden pasar desapercibidos
La encefalopatía hepática mínima puede provocar alteraciones leves en la atención, la memoria, la velocidad para procesar información y la coordinación motora.
En muchos casos, estos cambios no son evidentes durante una consulta médica habitual. Una persona puede sentirse simplemente más distraída, tener dificultades para concentrarse o notar que determinadas actividades le llevan más tiempo que antes.
También pueden aparecer cambios en el comportamiento o en la personalidad que la propia persona no identifica fácilmente. Por eso, la familia o las personas cercanas pueden desempeñar un papel importante al observar modificaciones que antes no estaban presentes.
La encefalopatía hepática mínima puede afectar la calidad de vida y aumentar el riesgo de caídas y accidentes. También puede comprometer la seguridad para conducir o realizar determinadas actividades que requieren atención y respuestas rápidas.
Su detección permite al equipo médico evaluar mejor la situación de cada paciente y tomar medidas para prevenir una progresión hacia formas clínicas de encefalopatía hepática.
Salud mental, cognición y calidad de vida: no son lo mismo
Es importante diferenciar algunos conceptos.
La salud mental se relaciona con nuestro bienestar emocional, psicológico y social. Una persona que vive con una enfermedad hepática puede necesitar acompañamiento para afrontar la ansiedad, la tristeza, el miedo o el impacto que el diagnóstico produce en su vida.
La función cognitiva, en cambio, incluye capacidades como la atención, la memoria, la concentración, la velocidad de procesamiento y la capacidad para resolver determinadas tareas. Algunas enfermedades hepáticas pueden afectar estas funciones, especialmente cuando aparecen complicaciones como la encefalopatía hepática.
Ambas dimensiones están relacionadas, pero no son iguales.
Una persona puede sentirse emocionalmente bien y, sin embargo, presentar alteraciones cognitivas relacionadas con su enfermedad hepática. También puede ocurrir lo contrario: alguien puede estar atravesando ansiedad o depresión frente al diagnóstico sin presentar encefalopatía.
Por eso es importante que el abordaje sea integral y que los profesionales puedan evaluar diferentes aspectos de la salud.
El eje intestino-hígado-cerebro: una relación que la ciencia continúa estudiando
La investigación sobre encefalopatía hepática ha demostrado que su desarrollo es más complejo de lo que se pensaba anteriormente.
Actualmente se estudia la relación entre el hígado, el intestino y el cerebro, conocida como eje intestino-hígado-cerebro. En las personas con enfermedad hepática avanzada pueden producirse cambios en el microbioma intestinal, es decir, en la composición y funcionamiento de los microorganismos que viven normalmente en el intestino.
Estos cambios pueden influir sobre el sistema inmunitario y favorecer procesos inflamatorios. A su vez, la inflamación puede contribuir a modificaciones en el funcionamiento del cerebro
El amonio y la inflamación pueden actuar conjuntamente y favorecer procesos de neuroinflamación, que afectan la comunicación entre las células del sistema nervioso y pueden contribuir al deterioro cognitivo y motor.
Estos mecanismos todavía están siendo investigados. Comprenderlos mejor podría permitir desarrollar nuevas herramientas para detectar tempranamente las alteraciones y establecer tratamientos más personalizados.
También hay que cuidar lo que no siempre se ve
Las enfermedades hepáticas no siempre producen síntomas visibles. Lo mismo puede ocurrir con su impacto emocional y cognitivo.
Una persona puede continuar trabajando, cuidando a su familia y realizando sus actividades habituales mientras atraviesa preocupación, agotamiento emocional o dificultades que no son evidentes para los demás.
Por eso, preguntar “¿cómo te sentís?” debería ser tan importante como preguntar por los resultados de un análisis.
También es importante que las personas con enfermedades hepáticas puedan expresar si sienten cambios en su memoria, concentración, comportamiento o estado de ánimo. Estos datos pueden ayudar al equipo de salud a decidir si es necesario realizar una evaluación más específica.
La familia y las personas cercanas también pueden colaborar, especialmente cuando observan cambios que el propio paciente no reconoce.
Detectar temprano es una forma de cuidar
Actualmente, la evaluación de la encefalopatía hepática mínima puede requerir pruebas psicométricas o neuropsicológicas específicas. No existe un único método sencillo que permita detectarla en todas las personas.
La investigación busca desarrollar nuevos biomarcadores y herramientas que permitan identificar estas alteraciones de manera más temprana, evaluar el riesgo y establecer estrategias de prevención y tratamiento.
También se estudian diferentes tratamientos y su posible utilidad en personas con encefalopatía hepática mínima. Algunas terapias utilizadas para prevenir episodios de encefalopatía hepática clínica, como la rifaximina en determinados pacientes, han mostrado efectos sobre la encefalopatía mínima en algunos estudios, aunque todavía existen preguntas sobre quiénes pueden beneficiarse y de qué manera.
Por eso, ante una enfermedad hepática crónica, es importante comunicar al equipo de salud cualquier cambio nuevo: dificultades para concentrarse, problemas de memoria, alteraciones en la coordinación, cambios de comportamiento, ansiedad persistente, tristeza, problemas de sueño o una sensación de agotamiento que comienza a interferir con la vida cotidiana.
Cuidar la salud hepática también significa cuidar la salud mental.
El bienestar de una persona no puede medirse solamente con un análisis de sangre o una imagen del hígado. También importa cómo se siente, cómo piensa, cómo se relaciona con los demás y cuánto puede disfrutar y participar de su vida cotidiana.
Detectar las alteraciones tempranas, acompañar emocionalmente y ofrecer atención integral son partes fundamentales del cuidado de las personas que viven con enfermedades crónicas del hígado.
Edición e Investigación: Hepatitis 2000
Fuentes:Psychosocial and Neurocognitive Factors Associated With Hepatitis C – Implications for Future Health and Wellbeing
Fundación QUAES Dra Carmina Felix
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