Medicina holística y hepatopatías

Las causas de las Hepatopatías.

Doctor Francisco Javier Martínez Ruíz (médico microbiólogo y epidemiólogo).

Existen varias teorías para explicar el origen de las hepatitis o su progresión a formas crónicas, activas, a cirrosis o incluso a cáncer.
La teoría microbiana, culpa a una o más variantes de uno o varios de los ADN-virus colonizadores de las vías biliares e hígado humanos, como el origen y progresión de las hepatitis. Por ahora se han aprendido a distinguir unas cuatro familias (VHA, VHB, VHC, VHD ,VHE ,VHG) pero probablemente hay bastantes más, denominadas «virus hepatotropos humanos».

Esta teoría, que es la básica admitida actualmente en los hospitales, nos dice que el Virus de la Hepatitis A (VHA) se transmite por saliva, agua, alimentos, etc. y causa una hepatitis benigna y transitoria, mientras que los Virus de la Hepatitis B (VH, Virus de la Hepatitis C (VHC) y Virus de la Hepatitis D (VHD) se transmiten sólo por vía sanguínea o sexual y causan las hepatitis que pueden convertirse en más persistentes y peligrosas.

Aunque no lo niegan, las Medicinas Alternativas dan mucha menos importancia causal a los «agentes» microbianos y a sus vías de transmisión y mucha más importancia a los factores que contribuyen, ya sea a la decadencia del «terreno orgánico» (contaminación, estrés y toxicidad ambiental e individual), ya sea al disparo de un inmunodéficit en periodos y zonas muy determinadas de organismo (impactos emocionales de determinado tipo, intensidad y repercusión).
Nadie niega que estos amplísimamente extendidos microorganismos, los virus hepatotropos, existentes desde millones de años en los vertebrados terrestres, jueguen algún papel en sus sistemas digestivos, pero numerosas contradicciones e interrogantes apuntan a que son meros virus «oportunistas» que se activan únicamente cuando el decaimiento del «terreno orgánico» y/o una «caída de defensas» espaciotemporalmente localizada permiten su proliferación en los hepatocitos y en los canalículos intra y extrabiliares.

Si los microbios fueran causa suficiente, los médicos, terapeutas y personal sanitario, que nos movemos entre un mar de microbios, seríamos los que más enfermaríamos; y, sin embargo, somos los que menos. Y algo parecido debería ocurrir entre animales predadores, carroñeros, etc.; aunque, verdaderamente, ocurre lo contrario: ¡cogen muchas menos infecciones que los supervacunados animales domésticos y de granjas!.

En resumen: aunque estén por todas partes y sea casi imposible evitarlos, los microbios no harán nada si el terreno orgánico y las circunstancias emocionales no lo permiten.
La Medicina «Holística» considera todos los aspectos y planos que determinan al ser humano, considerado como un todo, y no sólo órganos o agentes parciales y aislados. Además de los productos que se puedan prescribir (naturales, con preferencia a los artificiales), es muy importante que el paciente cuide los factores dietéticos, ambientales y emocionales.
Las causas de las enfermedades son por lo común multifactoriales. Y, por ello mismo, las terapias deben asimismo ser multifactoriales. Para detener la progresión de las hepatitis y lograr su desactivación y remisión son necesarios por lo común varios sumandos.

Son ciertamente necesarias determinada combinación, dosis y secuencia de fitoterapias eficaces; pero, aunque la medicina hospitalaria occidental contemporánea actualmente los desconsidere, son asimismo necesarios cuidados dietéticos, emocionales y de estilo de vida muy precisos. Es por ello que le pedimos que siga con atención e interés todas las prescripciones que en Fitoterapia, Homeopatía, Vitaminoterapia, Oleoterapia, Oligoterapia, Aromaterapia y normas de conducta le hemos indicado.

Por desgracia, si la enfermedad está muy avanzada, el conjunto de todos estos sumandos resulta a veces insuficiente, aunque en estos casos la suma total de actuaciones trabajará sin duda como el mejor de los paliativos posible.

Los factores psicoemocionales de las Hepatopatías.
Ciertos «impactos emocionales» (uno o pocos, pero contundentes; o bien moderados, pero repetitivos) parecen repercutir especialmente en el hígado, abriendo la puerta a las alteraciones funcionales, infecciones víricas, formación de cálculos, etc.

Las medicinas antiguas de numerosas culturas consideraban al hígado como sede de emociones y, en nuestras latitudes, la medicina hipocrática, islámica y medieval consideraba al hígado como productor de dos de los cuatro «humores» básicos del cuerpo (la bilis y la atrabilis), cuyo exceso se relacionaba con alteraciones emocionales muy precisas.

Aun hoy en día el lenguaje popular utiliza frases como «Hoy está de mal humor», «No te pongas piedras en el hígado», «Cada vez que se acuerda de su patria chica se pone melancólico», «El jefe está echando bilis», etc., para recordar esta correlación largamente observada entre cierto tipo de emociones y las afectaciones hepáticas.

El tipo de emociones que parecen «corporizarse» o «somatizarse» en el hígado son las que los especialistas en comportamiento animal (etólogos) llaman conflictos territoriales: Alguien nos disputa, o bien hemos perdido, un «territorio», competencia, rol o función en algún sitio, en algo que consideramos «nuestro»; y, eso, es algo que «no podemos digerir», «algo que nos carcome», decimos en estos casos, mientras giramos en pequeños círculos el puño cerrado sobre el hígado.

Para indicar «rencor», sentimiento a menudo derivado de (los resultados de) los conflictos territoriales, también nos señalamos el hígado, y decimos sentir un «odio visceral» y «estar echando bilis» por algo o alguien que nos ha desplazado de nuestro «territorio».
Otros tipos de emociones, como la añoranza y melancolía (de «melanos»=negro, y «colia»=bilis, en griego), o como «(el temor a la) falta de recursos para mí o para los míos», también ligadas a la «pérdida del territorio», parecen asimismo repercutir en la aparición y/o progresión de las hepatopatías.

Cuanto más sensible y vulnerable esté la persona a este tipo de impactos emocionales, y cuanto más inesperados, humillantes y repetitivos sean estos, mayor será la repercusión en determinada zona y órgano del cuerpo, en este caso el hígado. Esta repercusión es llamada «corporización» o «somatización» por la Medicina Psicosomática. La «impotencia» actuativa ante los «conflictos», el vivirlos en soledad y «tragarlos», y la no expresión de los mismos son asimismo potentes y necesarios factores desencadenantes de la somatización y de la aparición y progresión de la enfermedad orgánica.

La intensidad y repercusión del impacto emocional realimenta a su vez la sensibilidad y vulnerabilidad de la persona a este tipo de conflictos, formando un círculo vicioso de hipersensibilidad («raíl»), que frecuentemente incrementa y perpetúa la enfermedad.
Para el caso del hígado, en las fases activas de este tipo de conflictos se producen espasmos biliares y agitación emocional. Y, en las fases de recuperación de los mismos, tras una caída local de las defensas inmunitarias, es cuando se producen las proliferaciones microbianas y cansancio: vemos entonces propagarse los virus hepatotropos, y destruirse los hepatocitos y canalículos biliares.

Todas estas alteraciones hepáticas, derivadas de los conflictos territoriales, tienen un porqué y un para qué profundamente sabio e inteligente, previsto por la naturaleza, sobre el que no nos podemos extender.
Algunas hepatitis tienen su origen claro en un inóculo brutal de virus y viriones en la sangre del afectado (drogadictos intravenosos, pinchazos o transfusiones infectadas, etc.). Y otras hepatitis tienen su origen en tóxicos evidentes (alcohólicos, industriales, medicamentosos, etc.) para el hígado.

Pero en muchas otras hepatitis no encontramos una vía sexual, tóxica o sanguínea que las justifiquen, mostrándose sin embargo muy evidentes e intensos los conflictos emocionales en general -y territoriales en especial- que precedieron en varios meses (aunque después probablemente persistieron) a la aparición de los primeros síntomas de la hepatitis, si es que estos pudieron ser registrados.

Si el paciente intuye que este puede ser su caso, debe exponernos sus sospechas, a fin de que podamos analizar y aconsejarle respecto a las estrategias de evitación, de sustitución y de expresión que debe realizar en este tipo de conflictos.
Los «conflictos territoriales» son lesivos para el hígado y vías intra y extra-biliares, ciertamente, pero asimismo son lesivos en ocasiones para la curvatura menor del estómago, el bulbo duodenal y el endotelio de las arterias coronarias, y algo también para el páncreas. Este tipo de conflictos y estas patologías (hepatitis, cirrosis, úlceras gástricas y duodenales, coronariopatías y pancreatitis) se dan más en hombres que en mujeres, pues sabido es que, a este respecto, los machos de los vertebrados terrestres son mucho más «territoriales» que las hembras.

La Medicina Holística es siempre psico-somática, por definición. Sin un adecuado cambio emocional y de estilo de vida, algunas hepatopatías no podrán ser completa y establemente corregidas aun cuando los otros aspectos del tratamiento (productos terapéuticos, dietas, etc.) sean adecuadamente realizados.
Criterios de «curación» de una Hepatopatía.

Cuando un incendio forestal se «controla», primero desaparecen las llamas, después los rescoldos y, por último, el humo. Según este símil, de la misma forma, cuando una hepatitis «remite», primero desaparecen los signos y síntomas, después las alteraciones bioquímicas, después las alteraciones serológicas y la «carga viral» cuantitativa determinada por PCR.

Remisión de signos y síntomas:
Cuando una hepatitis va remitiendo, lo primero que desaparece, si es que se han manifestado (lo que no suele ocurrir), son los signos y síntomas; primero los más intensos (hinchazón, picor, ictericia, etc.) y después los más leves y generales (cansancio, disminución del apetito, etc.).

Remisión de las alteraciones bioquímicas:
A continuación, pero después de cierto tiempo, van declinando las alteraciones bioquímicas (AFP, Bilirrubinas, Fosfatasas alcalinas, proteinograma, pruebas de coagulación, etc.), si es que estaban anormales; y, por último, las Transaminasas (GOT, GPT, GGT, LDH).
La GOT (llamada también SGOT y AST) y, sobre todo, la GPT (llamada también SGPT y ALT), son las transaminasas más sensibles: pueden estar alteradas, aunque las demás pruebas bioquímicas no lo estén; pero, al contrario, difícilmente ocurre. Por ello, el control de los niveles de GOT y de GPT suele ser suficiente para el seguimiento de la remisión bioquímica de una hepatopatía: deberán descender por debajo de 70, si el paciente toma medicamentos o bebe, o por debajo de 40, si el hígado carece de carga detoxicadora.
Remisión de las alteraciones serológicas:
En las hepatitis que «se curan» (remiten totalmente), después de la normalización de la bioquímica sucede la normalización de la serología (inmunidad, anticuerpos, defensas, etc.), pero esto sucede después de varios años, incluso cuando todo va bien, a la perfección.
Si no hay reactivación vírica, la serología tarda unos 5-6 años en normalizarse (aunque algunos parámetros suelen declinar antes que otros); y, si tarda más, es que los virus, por alguna razón, tienen reactivaciones periódicas o permanentes.

No hay que sorprenderse de esta tardanza, pues la función ideal del sistema inmunitario sería la de durar siempre, para protegernos, como por ejemplo ocurre con los anticuerpos del sarampión, que son permanentes.
Remisión de la «Carga Viral» determinada por PCR:
Dejando aparte la polémica sobre las vías y frecuencias de contagio y recontagio, los virus se incorporan a las células (e, incluso, a su DNA), sean estos hepatotropos o no. Y, aun en el caso de curación (remisión total) de la enfermedad, permanecen allí -activos o latentes- durante toda la vida del organismo. Esto siempre es así, para todos los virus que afectan a todos los seres vivos, como es de sobras conocido. No debemos sorprendemos, por tanto, de nos digan «el virus está presente aún en el hígado, o en el organismo», y no debemos dejamos asustar por ello.

Muy recientemente se ha desarrollado y comercializado una sofisticada técnica, la PCR, que multiplica millones de veces (e, incluso, indefinidamente) la más pequeña presencia de trozos de DNA viral. De ella se ha dicho que «convierte una aguja en un pajar… en un pajar de agujas». Pero, por eso mismo, sus resultados (y, sobre todo, su interpretación (y, sobre todo, su interpretación cuantitativa)), son polémicos.
Más que virus, lo que mide la PCR es la monstruosa amplificación de las fluctuaciones de la expresión extracelular de trozos o secuencias de DNA que se supone (sin fundamento) pertenece solo a un virus y, exclusivamente, a un sólo tipo de virus; en realidad, estas secuencias de DNA pueden aparecer también por microcontaminación, fragmentación de otros virus, estrés celular, etc.

La identificación de trozos de DNA extracelular, aún en el supuesto de que sean inequívoca y exclusivamente víricas, dichas partículas (viriones) pueden darnos la ilusión de que hemos identificado todo un virus intracelular; y, cuando se amplifica millones de veces, una fluctuación, por pequeña que ésta sea, puede darnos la ilusión de cuantificación y, por lo tanto, de presencia real de un fenómeno estable.

Las cuantificaciones de la «carga viral» realizadas actualmente por la PCR son muy recientes y polémicas, aunque probablemente sirven para dimensionar, muy aproximadamente, la existencia de ciertas categorías de partículas víricas e, indirectamente, el grado de estrés celular y orgánico. No mucho más.
Esto es un avance, pero no hay que dejarse «comer el coco», por estas recientísimas, sofisticadas, superespecializadas y polémicas técnicas. Aún así, nuestra terapia pretende, no precisamente anular la «presencia cualitativa de DNA viral en el organismo (objetivo de por sí imposible), aunque sí disminuir hasta valores no significativos las dimensiones de esas medidas, es decir, de estos marcadores indirectos de estrés hepatocelular.

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