El estigma de un pinchazo

– Dos enfermeros explicaron ayer la incertidumbre y la angustia que se vive tras un pinchazo accidental grave, es decir de pacientes infectados por VIH, hepatitis, etc. Relatan que muchas personas les rechazan, aun sin saber si están o no infectados.

Por M.J.E. . PAMPLONA.

ANGUSTIA, incertidumbre, pesadillas, insomnio, alteraciones emocionales… Son sólo algunas de las consecuencias que desgranaron ayer dos enfermeros afectados por pinchazos accidentales, en ambos casos tras manipular objetos punzantes en pacientes con VIH y hepatitis.

Los dos resaltaron la importancia de trabajar con dispositivos de bioseguridad, que reducen un 85% la posibilidad de contagio en caso de pinchazos, en el transcurso de las Jornadas sobre "La Seguridad frente al Contagio Sanguíneo en el ámbito sanitario", que se celebraron en Baluarte y congregaron a medio millar de enfermeras.

El testimonio de los enfermeros dejó patente que, más allá del pinchazo, el sanitario vive un auténtico "calvario" durante el tiempo, un año, en un caso; dos, en otro, que tarda en dilucidarse si ha resultado infectado. Y después, queda el estigma. Al final, un accidente de estas características cambia la vida, sobre todo porque se vive en carne propia el rechazo social, aunque también está en el ánimo de cada persona encontrar el punto positivo.

"Envejecer es obligatorio pero crecer es opcional y con este tema yo he crecido Soy una persona muy luchadora y todo lo hago positivo", aseguró Ana Isabel Salegui Cambronero, de 58 años, casada con tres hijos y enfermera en Urgencias del Hospital de Plasencia (Cáceres).

La muerte

Salegui se inoculó sangre en 1991 tras realizar una gasometría a un paciente terminal de VIH, hepatitis B y C. También sufrió un pinchazo con un catéter que había empleado con un paciente que tenía VIH David Vázquez Almendral, de 28 años y enfermero de la UCI en el Hospital de Torrevieja (Alicante). "Las reacciones son similares en todas las personas. Cuando la fuente es seropositiva sientes una gran angustia y piensas en la muerte", dijo Salegui. "Piensas en la familia, en qué va a ocurrir. Me hubiese cortado la mano", añade.

Vázquez, por su parte, relata el shock inicial. "Tuve una sensación terrible de rabia e impotencia. Pensé que podía haber usado un catéter más fino. Al principio, me eché la culpa a mi mismo". Mientras estaba sumergido en esos pensamientos el paciente se dirigió a él y le informó de que, además de VIH, tenía hepatitis C. "Le vi muy consternado. Creo que sabía lo que debía estar sintiendo". Entonces, sin querer, Vázquez volcó su rabia en el paciente. "Pensé que la culpa era suya y le hablé mal. Las circunstancias te superan en ese momento . Ahora, con el tiempo, lo ves distinto", añade.

En ambos casos, y salvando la distancia de los años (un caso pasó en 1991 y el otro en 2007) se lavaron con lejía y tomaron inmediatamente medicación. "En 1991 no había protocolos ni tanta medicación como ahora", relató Salegui. Con todo, ninguno de los dos resultó finalmente infectado. Claro que para llegar a esa conclusión fue preciso pasar por tratamientos, analíticas y revisiones durante dos años, en el caso de Salegui, y un año, en el de Vázquez. La repercusión de estrés postraumático es muy grande y la factura emocional no se contempla en este accidente sanitario. "Es injusto".

Y a la incertidumbre se sumó el rechazo. El problema, afirma Salegui, fue la reacción de la gente. "En el momento que se conoce reacciona de forma negativa. Hay rechazo debido al miedo. Se enteraron en todos los sitios porque se comenta y trasciende". En el mismo sentido se expresó Vázquez: "La sensación inicial es qué van a pensar los demás, si voy a ser un bicho raro y me van a estigmatizar. Me daba más miedo la gente que enfermar". Y hubo de todo, añade. "Las noticias malas corren rápido. Me llamaban de mi pueblo, gente con la que no había hablado en años. Preguntaban cómo estaba pero querían saber el resultado de los análisis".

"Me sentía como una leprosa", asegura Salegui. "Percibes miradas, te tiran al suelo el bolígrafo que has prestado, hay enfermos que te rechazan…sentí el estigma". También llegó a su familia. "Ellos también tenían sida", ironiza. "La gente es cruel. En una familia una situación de este tipo afecta, aunque mi familia me apoyó, sufriendo, pero me apoyó", dijo. Su hija mayor, por ejemplo, se marchó a estudiar a Salamanca y no volvió. Ahora es psicóloga.

Hoy Salegui sigue con su vida. Reconoce que ha cambiado pero se siente satisfecha porque a raíz del pinchazo emprendió una cruzada con el Consejo General de Enfermería para conseguir normativas que implantasen los dispositivos de seguridad. "Quizás el pinchazo haya servido para algo". Añade que hay personas convencidas de que tiene sida pero asegura que no le importa. Ya no sufre. "La vida es corta y hay personas con las que no me relaciono. Le doy importancia a mi vida".

David Vázquez también ha buscado su parte positiva. Tras un año de incertidumbre afirma que el pinchazo tuvo algo bueno: "Sabes con quién puedes contar. Distingues a los amigos de verdad de los que son sólo para ir de copas. Aprendes".

M.J.E. . PAMPLONA. Sábado, 16 de mayo de 2009 – 04:00 h. – Diario de Navarra – Nota completa

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