El curioso virus de la hepatitis C

ISABEL F. LANTIGUA – MADRID.- Salió a la luz hace poco más de 20 años y, desde entonces, se ha revelado como uno de los agentes infecciosos más listos, con una inteligencia superior a la del resto de los virus. Aunque la hepatitis C no recibe tanta atención mediática como otras enfermedades, su impacto sanitario es muy importante y supone un gran problema de salud pública, según recuerda un equipo de la Universidad de Oxford (Reino Unido), que trata de desenmascarar al patógeno y analiza las causas por las cuales aún hoy se está muy lejos de poder controlar la epidemia.

El Mundo – junio de 2009 – nota completa

El virus de la hepatitis C (VHC) se transmite fundamentalmente a través de la sangre o productos sanguíneos contaminados, al igual que el virus de la hepatitis B (VHB). Ambos patógenos causan infecciones crónicas y pueden progresar en el individuo décadas después de entrar en su organismo y sin dejar notar ningún síntoma que alerte de su presencia. Y, ambas enfermedades, son una amenaza para la salud global. Sin embargo, mientras para el virus de la hepatitis B existe una vacuna eficaz y un tratamiento oral bien tolerado para tratar la infección, en el caso de la hepatitis C no hay vacuna y la terapia actual es cara, con muchos efectos secundarios y con una efectividad parcial.

¿Por qué estas diferencias entre los virus? Una pregunta a la que tratan de responder los investigadores Paul Klenerman, Vicki Fleming y Ellie Barnes, del Instituto Nacional para la Investigación de Patógenos de Oxford, en las páginas de la revista ‘PLoS Medicine’. En primer lugar, los autores indican que el VHC se identificó en 1989 y no se pudo observar en cultivos hasta 2005, por lo que tiene una historia muy reciente. Sin embargo, la mayor dificultad para controlar la infección reside en la enorme diversidad que presenta este virus.

“El VHC tiene un genoma muy variable y la capacidad de evolucionar con el paso del tiempo para evadir los fármacos y las respuestas del sistema inmune. Además, ha evolucionado con la especie humana durante siglos y se ha diversificado por todo el mundo”, escriben los científicos británicos. El resultado de esta diversificación es la existencia de siete genotipos principales del VHC y de más de 50 subtipos del virus.

El genotipo 1 es muy frecuente en Europa Occidental y Estados Unidos, por ejemplo. Conocer la propagación de los genotipos es importante porque el éxito del tratamiento (a base de interferón pegilado y ribavirina) varía si se trata de uno u otro. Así, los genotipos 2 y 3 responden mucho mejor a los fármacos que los genotipos 1 y 4. Mientras la terapia logra eliminar del organismo los genotipos 2 y 3 en un 70% de las veces, el porcentaje baja hasta el 40% con los otros dos genotipos. Asimismo, los pacientes con los genotipos 1 y 4 deben tratarse durante por lo menos un año, frente a los seis meses de los afectados por las otras variantes.

Dadas las grandes diferencias clínicas es necesario contar con tests más sensibles que ayuden a detectar mejor el virus. El problema es que estas pruebas diagnósticas son complejas y no están disponibles en todo el mundo. No obstante, algunos laboratorios están trabajando con éxito en otros sistemas que permitan ampliar estos tests a regiones más desfavorecidas, algo que los investigadores de Oxford califican de “un gran primer paso”.

Por otro lado, la enorme capacidad del virus para evolucionar y adaptarse a nuevas condiciones convierte el hecho de desarrollar una vacuna eficaz en una empresa más que difícil.

“Tratar de controlar la epidemia es uno de los grandes retos de la salud para el futuro”, concluyen los autores.

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