Acompañantes terapéuticos: un nexo entre el paciente y el médico

Son agentes de salud que contienen en el día a día a quienes padecen algún trastorno crónico o terminal. En Mendoza se dictan cursos, pero la carrera universitaria está en San Juan.

“Decile que se vaya, que no quiero hablar“, le dice Luciano a su abuela Cristina. Con apenas 7 años, su diagnóstico de leucemia en estado terminal le da suficiente autoridad para decidir sobre su vida. Adriana Saettone (62) obedece. Prefiere respetar tiempos y espacios, y decide volver unos días después.

Ya en su casa, piensa la estrategia para llegar a Luciano. Sus años de experiencia como acompañante terapéutica le han enseñado que el lenguaje corporal y las miradas dicen mucho más que las palabras. Pero con este niño no había logrado ni siquiera cruzar palabra.

En un rincón de su living y con la ayuda de un tapón de termo y un poco de masilla, Adriana ha convertido un viejo destilador en una pecera. En él viven tres pececitos que, según ella, le dan paz. Mirándolos nadar piensa en Luciano.

Al día siguiente parte para el hospital. Entra a la sala donde está internado el niño y le dice a la abuela como si el chico no estuviera presente: “He traído un paquete para Luciano. Pero necesito saber si lo va a querer porque sino me lo llevo a la sala de al lado“. El pibe levanta una ceja y acepta echar un vistazo. Adriana saca de una bolsa un frasco con un pececito y Luciano sonríe. Su abuela Cristina estalla en llanto. “Es la primera vez que se ríe en un mes“, confiesa. Adriana toma la palabra. “Mirá, Luciano, este no es un pez cualquiera. Yo iba caminando y me chistaron de atrás. Cuando me di vuelta lo vi. Estaba en la vidriera de una casa de mascotas y me dijo que quería que lo sacara de esa pecera y que lo llevara con un chico especial. Me pidió que fuera un chico que le hablara, porque él entiende. ¿Vos podés hacer eso?“.

Con “estrellitas“ brotando de sus ojos, que no es ni más ni menos que la ilusión “indispensable para iniciar cualquier tratamiento y acompañamiento“, Luciano aceptó cuidar al pez. “Le dije que tenía que ponerse bien para poder cuidar de Carlitos (tal como lo bautizó). Aceptó. A los pocos días me dijo que Carlitos le había hablado y le había dicho que se sentía solo. Así, llegó Julieta, una pececita de cola tan pomposa que parecía que tenía un vestido de novia. El plan funcionó a la perfección. Los peces, en su “˜hablar’, me contaron las angustias y los miedos de Luciano“.

Como muchos de sus pacientes, Luciano falleció unas semanas después. Pero la misión se cumplió: el chico murió en su casa, con su familia y sus dos peces.

Del oficio al estudio

Adriana tiene 62 años, es divorciada, tiene cuatro hijos y siete nietos. En 1979, cuando ya había nacido su hija Inés (la tercera), se acercó a la Casa Cuna y se convirtió en madre sustituta. El primer contacto lo tuvo con una chiquita en estado de marasmo (desnutrición extrema). “Fue muy movilizador. Para ser acompañante terapéutico lo tenés que sentir en las entrañas. Es una vocación muy fuerte. El que va pensando que va a dar, se equivoca. Es una profesión para recibir“, asegura.

Poco tiempo después comenzó a trabajar como voluntaria en el viejo hospital Emilio Civit y luego en el Notti, donde conoció a Luciano. Finalmente recaló en la Clínica Santa Rosa, donde trabajó hasta 2003.

Tras casi 25 años de trabajo “de oficio“, se enteró de que en San Juan estaba la tecnicatura universitaria en Acompañamiento Universitario, en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Cuyo.

Allá partió con sus bártulos. Se alquiló un “dpto, porque si le decía departamento ya no entraba“, recuerda entre risas, y entre esas cuatro paredes cursó los tres años.

Su experiencia le sirvió para conseguir trabajo de inmediato. Así fue que se quedó un año más acompañando a unos pacientes terminales.

Ya de vuelta en Mendoza, Adriana escribió un libro donde recopila historias de sus pacientes. La publicación lleva por título Tocando el cielo con las manos. “Eso siento cada vez que ayudo a alguien“, explica.

Hoy la especialista atiende sólo pacientes domiciliarios. “El sistema de salud no nos conoce y no sabe la utilidad que tenemos. No somos ni enfermeros ni cuidadores, pero somos capaces de contribuir con el tratamiento médico en igual o mayor medida“.

Por Cecilia Amadeo – Diario Uno – Mendoza – Nota completa 

 

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