20 años de trasplantes de hígado en hospital MS

Siempre hay gente que va y viene, apresurada, en el pabellón Guggenheim del hospital Mount Sinai, ubicado sobre la Avenida Madison (Nueva York). El ambiente es festivo y no es para menos, un día como hoy, hace 20 años, se realizaba el primer trasplante de hígado en esta legendaria institución médica neoyorquina que se sumaba así a una práctica que comenzó en 1963 el Doctor Thomas Starzl.

La mayoría de los invitados a esta particular celebración –además del propio Starzl- son trasplantados, algunos jóvenes otros mayores; hombres y mujeres con pasados y presentes disímiles pero unidos por un fuerte lazo: todos, en algún momento, se enfrentaron con la necesidad de reemplazar este órgano para seguir adelante.  La fiesta en definitiva, es un homenaje a la vida.  La gente intercambiará sus historias; unos contaran cómo un familiar fue el donante; otros cuánto debieron esperar hasta que apareció un hígado sano disponible. Pacientes y médicos se reencontrarán.

“Es muy reconfortante ver a una persona que uno atendió y no reconocerla“, sostiene el doctor Juan del Río Martín, un madrileño que dirige el Programa de Trasplantes Hepático de adultos del hospital.  “La diferencia entre un paciente que tiene un hígado que no funciona y un trasplantado que aceptó bien su nuevo hígado es abismal. Generalmente cuando vienen están hinchados porque el mal funcionamiento de este órgano ocasiona también problemas en el riñón y eso dificulta procesar los líquidos. Por eso me pongo contento si tengo que hacer un esfuerzo para reconocerlos porque es la señal de que la recuperación ha sido buenísima“, agrega con entusiasmo.

Mientras el doctor habla una pareja que lo venía mirando se acerca: “˜Qué gusto verlo, doctor, se acuerda de nosotros’, pregunta una mujer rubia. “2 de Mayo“, agrega. “Sí, sí, Jorge“, contesta rápido el médico, “está estupendo“. “˜La verdad que me siento muy bien. Ya pasaron varios meses’, dice el señor, un ecuatoriano ingeniero estructural, y ahí caemos en la cuenta que 2 de mayo fue la fecha de su trasplante. “˜Siento que volví a ser yo’, dice luego. “˜Se lo debemos a usted, doctor’, dice su esposa.

“Verlos así, saludables, llenos de energía,  contentos y optimistas es lo que más me apasiona de mi profesión,“ dice luego el doctor. “Transformo vidas y puedo ver ese cambio.“ Sentado en uno de los bancos del hospital, frente a un mural que con imágenes y fotos narra las dos décadas de trasplantes llevados a cabo allí, Juan del Río Martín nos cuenta que interactúa tanto con los pacientes como con sus familias.  “Los familiares sufren mucho y yo intento ser lo más claro que puedo con ellos.  Me siento a explicarles lo que está en juego en la operación y escucho sus dudas“.

Ser español y hablar el mismo lenguaje de sus pacientes hispanos es importante. “Se sienten a gusto cuando tratan con un médico que habla su idioma y yo también“.

La claridad que expresa cuando habla con gente que está ansiosa y que muchas veces no entiende del todo qué implica un trasplante, la paciencia para ir sobre los temas una, otra y todas las que hagan que falta y sobre todo el amor por lo que hace dan sus frutos. El despacho del doctor está plagado de muestras de afecto y gratitud de sus pacientes.  Sobre una repisa, una foto muestra a un joven sonriente aferrado al brazo del doctor.
Son esas historias con final feliz las que lo ayudan a sobrellevar las otras.  “Muchos se nos van esperando que aparezca un donante,“ afirma.  “Aquí hacemos 150 trasplantes al año pero también se mueren unos cien anualmente porque no logramos dar con un hígado.  Nueva York es el lugar con la lista de espera más larga de todo el país y otras regiones donde hay donantes son bastante celosas con sus órganos.“Â  El doctor da el ejemplo de Florida donde por la cantidad de deporte que se practica y los consecuentes accidentes, suele haber más donantes. “Aunque los haya es difícil que los cedan para gente necesitada de otras partes,“ dice.

En el quirófano de la tercera planta Del Río Martín ha trasplantado a muchos. “Un 50 por ciento de los pacientes sufre hepatitis C, una enfermedad silenciosa“ comenta. Las edades varían, desde un señor de setenta y pico de años al que le colocó un hígado de una persona que al fallecer tenía 87 hasta bebés de menos de tres meses. “En los pequeños se hace un trasplante de donante vivo que generalmente es la madre. Es que el hígado,“ explica, “es el único órgano que tiene la capacidad de regenerarse.  “Cuando uno trasplanta un pedacito de hígado de un donante vivo en seis semanas se recupera toda la masa hepática“.

Llega al hospital temprano, a eso de las siete de la mañana y después de compartir charlas con los residentes –el Mount Sinai es un hospital escuela donde los médicos educan a los futuros profesionales de la salud- ve todos los días a los pacientes ingresados. “La gente que está a punto de trasplantarse está asustada y hablándoles se calman,“ dice.  La perspectiva es alentadora: Al año de haberse trasplantado ya hay un 85 % de posibilidades de supervivencia contra 100% de mortalidad si no se efectúa el trasplante.

Recorrió diversos hospitales del país pero estar en el Mount Sinai, uno de los tres centros más importantes a nivel mundial en trasplante hepático, siempre fue su sueño: “Creo que llegué a fuerza de voluntad propia pero no podría haberlo hecho sin el apoyo de mi esposa y mis tres hijos. Ellos son los que no me reprochan cuando suena el beeper avisándome que tengo que correr al hospital; los que me dan aliento cuando algo no sale como esperaba y con quienes celebro cuando todo funciona bien“.

Impre, septiembre de 2008, leer nota completa

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